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Leonel no es el futuro: es precisamente una de las limitaciones de la Fuerza del Pueblo

Leonel no es el futuro: es precisamente una de las limitaciones de la Fuerza del Pueblo

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Hay una realidad que la oposición dominicana debería comenzar a discutir con mayor honestidad: Leonel Fernández ya tuvo tres oportunidades de gobernar la República Dominicana.

No se trata de negar sus logros ni de desconocer que sus administraciones produjeron transformaciones importantes, particularmente en infraestructura, transporte, modernización institucional y política económica. Pero tampoco se puede construir una alternativa política seria fingiendo que sus tres gobiernos no existieron o que los problemas fundamentales del país comenzaron después de su salida del poder.

Fernández gobernó entre 1996-2000 y nuevamente entre 2004-2012. Durante esos períodos hubo crecimiento económico, grandes obras y reformas institucionales, pero también quedaron pendientes problemas estructurales y numerosas controversias relacionadas con corrupción administrativa, contrataciones públicas y manejo del Estado.

Y aquí comienza el problema político de la Fuerza del Pueblo.

Leonel ya no representa una novedad electoral

La pregunta que deberían hacerse los dirigentes de la Fuerza del Pueblo no es simplemente si Leonel Fernández conserva seguidores.

Claro que los conserva.

La verdadera pregunta es otra:

¿Puede Leonel Fernández representar una propuesta de futuro después de haber tenido tres períodos presidenciales para resolver buena parte de los problemas que ahora promete solucionar?

Ese es un problema mucho más difícil de resolver.

Porque un candidato nuevo puede decir:

“Yo tengo una solución diferente.”

Pero alguien que ya gobernó durante doce años tiene que responder primero:

“¿Por qué esa solución no fue aplicada cuando usted tuvo el poder?”

Esa pregunta acompaña inevitablemente a Leonel.

Y no desaparece porque cambie el nombre del partido.

Tampoco desaparece porque una nueva generación de dirigentes lo acompañe.

El problema de Omar Fernández es precisamente Leonel Fernández

Aquí aparece una paradoja todavía más interesante.

Omar Fernández tiene una ventaja que cualquier político emergente tardaría años en construir: su apellido.

Es hijo de un expresidente de la República, una figura central de la política dominicana durante las últimas tres décadas y líder de la Fuerza del Pueblo. Omar comenzó su carrera electoral en 2020 como diputado y actualmente es senador del Distrito Nacional para el período 2024-2028.

Eso le ha permitido avanzar rápidamente.

Pero la misma herencia que lo impulsa puede convertirse en su principal limitación.

Porque para una parte del electorado, votar por Omar Fernández no significa necesariamente votar solamente por Omar Fernández.

Significa votar por el proyecto político de los Fernández.

Y mientras Leonel permanezca vivo, activo y políticamente dominante, será muy difícil separar completamente ambas figuras.

La pregunta entonces sería:

¿Omar Fernández sería realmente un presidente diferente o sería la continuidad política de Leonel Fernández con otro rostro?

La respuesta dependería de algo que todavía tendría que demostrar: su capacidad para construir una identidad política completamente independiente.

Porque una cosa es tener talento político y otra muy diferente es haber demostrado capacidad para dirigir el Estado.

La ventaja de Omar también puede ser su debilidad

No es un ataque decir que Omar Fernández ha tenido una carrera política más fácil que la que habría tenido un ciudadano desconocido.

Es una realidad evidente: no comenzó desde cero.

No tuvo que construir un apellido.

No tuvo que explicar quién era.

No tuvo que convencer al país de que tenía acceso a los círculos de poder.

El apellido Fernández ya tenía décadas de reconocimiento político.

Eso no invalida sus méritos personales ni significa que no pueda convertirse en un buen presidente.

Pero sí plantea una pregunta legítima:

¿Cuánto de su éxito electoral corresponde a Omar Fernández y cuánto corresponde al capital político acumulado por Leonel Fernández?

Esa pregunta no se responde con encuestas.

Se responde con el tiempo.

Y precisamente ahí aparece otra dificultad: la experiencia de Omar en la administración del Estado todavía no es comparable con la experiencia de quienes ya han dirigido un Poder Ejecutivo.

Ser un buen legislador no es lo mismo que ser presidente.

Un presidente administra un presupuesto nacional, dirige las fuerzas de seguridad, designa un gabinete, conduce la política exterior, enfrenta crisis económicas, negocia con sectores empresariales y sindicales, toma decisiones sobre infraestructura, energía, salud, educación y seguridad.

La presidencia es una responsabilidad radicalmente diferente.

¿Y qué ocurre si Omar gana con Leonel políticamente activo?

Aquí está quizás el escenario que la Fuerza del Pueblo debería discutir con mayor seriedad.

Si Omar llegara a la Presidencia mientras Leonel continúa siendo el principal líder político de la organización, inevitablemente surgiría una pregunta:

¿Quién estaría realmente detrás del poder?

No necesariamente porque Leonel intentara gobernar desde fuera.

Podría ocurrir lo contrario.

Podría existir una separación real.

Pero políticamente sería difícil convencer a todo el país de que no existe una continuidad.

Y más aún si buena parte de los dirigentes que rodean a Omar son los mismos dirigentes que acompañaron a Leonel durante sus gobiernos.

Ese sería el argumento de sus adversarios:

“No es un cambio de gobierno; es un cambio de generación dentro del mismo proyecto.”

Y la Fuerza del Pueblo tendría que demostrar que no es cierto.

La oposición tiene otro problema: está dividida

Aquí llegamos al segundo gran obstáculo.

La oposición dominicana no puede pretender derrotar al oficialismo únicamente acumulando descontento.

Necesita convertirse en una alternativa.

Y para eso necesita organización, renovación, discurso y coherencia.

La división entre el PLD y la Fuerza del Pueblo es especialmente importante porque ambos partidos provienen de una misma tradición política, pero compiten por espacios electorales, liderazgo y representación de la oposición.

Mientras esa división continúe, el oficialismo puede beneficiarse de una oposición que llega fragmentada.

Los resultados electorales no se ganan con la suma imaginaria de simpatías.

Se ganan con votos.

Y una oposición dividida puede tener millones de ciudadanos inconformes y, aun así, perder las elecciones.

La encuesta ACD Media publicada en agosto de 2026 muestra precisamente que las preferencias opositoras y oficialistas comienzan a perfilarse de cara a 2028, con David Collado encabezando dentro del PRM y Omar Fernández avanzando entre las opciones opositoras.

Pero una encuesta no resuelve el problema estructural.

PLD y Fuerza del Pueblo necesitan algo más que cambiar de candidato

Necesitan renovarse.

Y renovación no significa simplemente poner una cara joven en una boleta.

Significa revisar críticamente el pasado.

El PLD y la Fuerza del Pueblo tienen que poder hacer oposición al gobierno de turno sin que el oficialismo pueda responder permanentemente:

“¿Y ustedes qué hicieron cuando gobernaron?”

Porque esa pregunta tiene peso.

Durante los gobiernos de Leonel y Danilo hubo crecimiento, infraestructura y transformaciones importantes, pero también numerosos casos y controversias de corrupción que forman parte de la historia política reciente del país. Casos como PEME, Odebrecht y Super Tucanos, entre otros, forman parte del registro público de los cuestionamientos y procesos vinculados a administraciones del PLD.

Eso no significa que todo funcionario del PLD haya sido corrupto.

Tampoco significa que Leonel Fernández haya sido judicialmente condenado por corrupción.

Significa que existe un historial político que la oposición no puede borrar y que debe explicar.

Una oposición responsable no puede pedirle al ciudadano que olvide.

Tiene que demostrar que aprendió.

La verdadera renovación sería admitir los errores

Si PLD y Fuerza del Pueblo quieren convertirse nuevamente en una alternativa competitiva, deberían hacer algo mucho más difícil que cambiar de candidato:

reconocer públicamente qué hicieron mal cuando tuvieron el poder.

Decir qué políticas funcionaron.

Cuáles fracasaron.

Qué funcionarios debieron ser investigados.

Qué mecanismos de corrupción permitieron.

Qué reformas quedaron inconclusas.

Y, sobre todo, qué no volverían a hacer si regresaran al Palacio Nacional.

Eso produciría algo que la política dominicana necesita desesperadamente:

credibilidad.

Porque el ciudadano no necesita una oposición que diga que el Gobierno actual es malo.

Necesita una oposición capaz de explicar por qué ella sería mejor.

Y esa diferencia es fundamental.

El problema no es solamente Leonel

Al final, la discusión no debería reducirse a si Leonel Fernández puede ganar o perder una elección.

La cuestión más profunda es si la oposición dominicana está preparada para producir una generación política capaz de superar sus propios antecedentes.

Leonel puede seguir siendo una figura importante.

Omar puede tener un futuro político considerable.

El PLD puede recuperarse.

La Fuerza del Pueblo puede crecer.

Pero ninguno de esos hechos garantiza por sí mismo una alternativa de poder.

Porque el problema de la oposición no es solamente quién será el candidato.

Es qué representa ese candidato, qué pasado carga, qué equipo lo acompaña, qué experiencia tiene y qué garantía ofrece de que no repetirá aquello que los ciudadanos ya castigaron.

Y ahí está la verdadera tesis:

Omar Fernández puede ser parte de la renovación de la oposición, pero mientras su proyecto siga dependiendo políticamente de Leonel Fernández, tendrá que demostrar que no es simplemente la continuidad de su padre.

Y Leonel, después de tres gobiernos, tendrá que responder una pregunta que ningún discurso electoral puede esquivar:

¿Por qué debemos esperar que haga ahora lo que no pudo —o no quiso— hacer durante los doce años que ya tuvo para gobernar?

Esa es la pregunta que debería hacerse la oposición antes de pedir nuevamente el voto.

Porque ganar una elección no es lo mismo que estar preparado para gobernar.

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