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2028: ¿El próximo ciclo o el fin del modelo?

2028: ¿El próximo ciclo o el fin del modelo?

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Durante casi seis décadas, la política dominicana ha demostrado una extraordinaria capacidad para cambiar de partidos sin cambiar completamente la lógica de la competencia.

Cambian las siglas. Cambian los candidatos. Cambian los liderazgos. Cambian los nombres de las organizaciones. Pero, una y otra vez, el electorado termina reorganizándose alrededor de dos grandes polos con capacidad real de disputar el poder.

Esa es, probablemente, una de las características más persistentes de la cultura electoral dominicana desde 1966.

La pregunta que comienza a imponerse de cara a 2028 es si estamos ante una nueva repetición de ese ciclo o si, por el contrario, el sistema político dominicano está llegando al límite de su capacidad histórica para reciclarse.

Un modelo que ha demostrado capacidad para sobrevivir

Desde la llegada de Joaquín Balaguer al poder en 1966, la competencia dominicana fue estructurándose alrededor de grandes bloques electorales.

Durante décadas, la confrontación podía expresarse como Balaguer frente al PRD. Más adelante, el PLD comenzó a ocupar el espacio que anteriormente había representado el reformismo y terminó convirtiéndose en una de las principales maquinarias electorales del país.

En 1996 ocurrió una transformación decisiva: Leonel Fernández llegó a la Presidencia encabezando al PLD, con el apoyo de Balaguer en la segunda vuelta. Aquello no fue simplemente un cambio de candidato. Fue una muestra de cómo una parte del electorado históricamente asociado al balaguerismo podía encontrar un nuevo vehículo político.

El sistema no desapareció.

Se reorganizó.

Después vino el período de predominio peledeísta. El PRD continuó siendo una fuerza fundamental, pero sus divisiones internas terminaron produciendo una nueva mutación. De aquella crisis nació el PRM, que posteriormente consiguió convertirse en la principal fuerza de oposición y finalmente llevó a Luis Abinader al poder en 2020.

En 2024, Abinader consiguió la reelección con 57.44% de los votos, frente a 28.84% de Leonel Fernández y 10.39% de Abel Martínez. La elección mostró una concentración extraordinaria del voto en tres fuerzas, pero también una clara supremacía del PRM.

La historia, por tanto, parece repetirse con nuevos protagonistas.

Pero 2028 introduce una variable distinta.

El problema ya no es solamente quién sustituirá a quién

El PRM llega al período 2024-2028 como partido de gobierno y con la ventaja de haber ganado ampliamente las elecciones presidenciales de 2024. Además, las mediciones realizadas durante 2026 continúan colocándolo en la primera posición partidaria, aunque con diferencias importantes dependiendo de la firma encuestadora. Una medición de ACD Media publicada en abril situó al PRM en 32.5%, a Fuerza del Pueblo en 27.6% y al PLD en 22.5%.

Otra medición reportada en junio colocó al PRM en 31.6%, a la Fuerza del Pueblo en 26.5% y al PLD en 20.1%.

Las cifras no deben interpretarse como resultados anticipados. Faltan todavía casi dos años para las elecciones y las propias encuestas constituyen fotografías de un momento determinado, no pronósticos electorales definitivos.

Pero hay algo que sí merece atención.

El sistema vuelve a mostrar tres fuerzas relevantes.

Y eso plantea una pregunta que no puede resolverse simplemente mirando quién encabeza las encuestas.

La verdadera pregunta es:

¿Estamos viendo el nacimiento de un nuevo sistema tripolar o la fase inicial de una nueva bipolarización?

La tercera fuerza que puede terminar siendo decisiva

La Fuerza del Pueblo representa un fenómeno particularmente interesante porque nació precisamente de una ruptura interna del PLD.

Leonel Fernández no llegó a la Fuerza del Pueblo desde fuera de la política. Todo lo contrario. Es uno de los principales protagonistas de la historia política dominicana de las últimas décadas.

Por eso la FP no puede analizarse como un simple partido nuevo.

Es, en buena medida, la institucionalización de una fractura dentro del antiguo polo peledeísta.

Y aquí aparece una característica recurrente de la política dominicana:

los nuevos partidos no necesariamente crean nuevos electorados; muchas veces reorganizan electorados existentes.

Eso ocurrió en diferentes momentos con las fuerzas reformistas, con el PRM respecto del espacio histórico del PRD y ahora puede estar ocurriendo, al menos parcialmente, con la Fuerza del Pueblo respecto del PLD.

La cuestión es si esa reorganización será suficiente para convertir a la FP en el segundo gran polo del sistema o si terminará abriendo espacio para una nueva división.

El PLD todavía no está muerto

La tentación de declarar muerto al PLD sería un error.

El partido perdió el poder en 2020 y sufrió una nueva reducción electoral en 2024, pero conserva una estructura nacional, una identidad partidaria y una base electoral considerable.

Precisamente por eso las mediciones de 2026 son relevantes: algunas colocan al PLD todavía por encima del 20%, mientras otras lo sitúan más abajo.

Esto significa que el escenario no está cerrado.

El PLD podría convertirse en una tercera fuerza permanente.

Pero también podría convertirse en el partido que determine quién gana una segunda vuelta.

Y existe una tercera posibilidad: podría recuperar una parte suficiente de su antiguo electorado para volver a disputar directamente uno de los dos grandes polos.

La historia dominicana obliga a no descartar demasiado pronto ninguna de esas posibilidades.

El factor que puede cambiarlo todo: el "ninguno"

Aquí aparece el elemento más importante de todo el análisis.

Una encuesta Gallup-Diario Libre de mayo de 2026 fue interpretada como una señal de que el electorado sin simpatía partidaria ya supera a algunas de las principales fuerzas políticas del país.

Ese dato, si se mantiene y se confirma mediante distintas mediciones, merece mucha más atención que una simple tabla de intención de voto.

Porque una cosa es preguntar:

¿Por quién votaría usted hoy?

Y otra muy diferente:

¿Con cuál partido se identifica usted?

La segunda pregunta permite medir algo más profundo: la fortaleza de la identidad partidaria.

Y ahí está uno de los grandes riesgos para los partidos dominicanos.

Durante décadas pudieron contar con identidades políticas relativamente estables. El elector podía ser perredeísta, reformista o peledeísta y mantener esa identificación incluso cuando el candidato de turno no le convenciera completamente.

Pero si esa identidad comienza a desaparecer, el sistema pierde uno de sus principales mecanismos de estabilidad.

El ciudadano deja de pensar:

"¿Cuál candidato representa a mi partido?"

y comienza a pensar:

"¿Cuál de estos candidatos me representa a mí?"

Ese cambio parece pequeño.

Políticamente, puede ser enorme.

El verdadero peligro para los partidos no es el outsider

Aquí es donde conviene separar dos conceptos que frecuentemente se confunden.

Un outsider es un candidato que llega desde fuera de las estructuras políticas tradicionales.

Un antisistémico puede haber sido producido por el propio sistema, pero termina rompiendo con sus estructuras y construyendo una alternativa contra ellas.

La diferencia es fundamental.

La experiencia latinoamericana demuestra que el desgaste de los partidos puede producir ambos fenómenos.

Pero también demuestra algo más importante:

el outsider no aparece simplemente porque exista descontento.

Hace falta alguien capaz de convertir ese descontento en una identidad electoral.

Por eso el verdadero problema de los partidos tradicionales no es que exista un outsider.

Es que exista un mercado electoral disponible para él.

Y ese mercado comienza a crecer cuando los ciudadanos dejan de creer que las organizaciones existentes pueden resolver sus problemas.

2028 podría ser otra sustitución

Existe un escenario en el que nada extraordinario ocurre.

El PRM continúa siendo el principal partido.

La FP consolida su posición como principal fuerza opositora.

El PLD queda como tercera fuerza.

Y la elección termina reproduciendo la vieja lógica dominicana:

dos grandes polos y una tercera organización que puede ser decisiva.

Si eso ocurre, 2028 no será el fin del modelo.

Será simplemente otro capítulo del mismo modelo.

Las siglas habrán cambiado, pero la estructura continuará funcionando.

Pero existe otro escenario

El sistema podría comenzar a fracturarse de una manera diferente.

El PRM podría experimentar una crisis interna en el proceso de sucesión.

La FP podría no conseguir transferir completamente el liderazgo de Leonel Fernández hacia una nueva generación.

El PLD podría recuperar terreno.

O podría aparecer un candidato capaz de atravesar las identidades partidarias tradicionales.

Ese último escenario es el más difícil de pronosticar.

Porque si algo demuestra la historia electoral dominicana es que la política no funciona como una simple suma matemática de porcentajes.

Los liderazgos no transfieren automáticamente sus votos.

Los partidos no heredan automáticamente sus electorados.

Los gobiernos no entregan automáticamente su popularidad a sus sucesores.

Y las candidaturas nuevas no necesariamente producen electores nuevos.

La política es un proceso de construcción de confianza, identidad y expectativas.

La verdadera prueba será la sucesión

Hay otro elemento que convierte 2028 en una elección particularmente importante.

Luis Abinader no podrá buscar una tercera elección presidencial consecutiva bajo el marco constitucional vigente. El Gobierno actual tiene como período constitucional 2024-2028.

Por tanto, el PRM tendrá que hacer algo que los partidos dominicanos históricamente han tenido dificultades para hacer:

transferir el poder desde el liderazgo que ganó hasta una nueva candidatura sin romper su coalición electoral.

Eso cambia completamente la ecuación.

Abinader ganó en 2020.

Ganó nuevamente en 2024.

Pero el PRM tendrá que demostrar que su fuerza electoral pertenece solamente a Abinader o que, por el contrario, ya se ha convertido en una identidad partidaria suficientemente consolidada para sobrevivir a su ausencia de la boleta presidencial.

Esa será una de las grandes pruebas de 2028.

La paradoja dominicana

Aquí aparece la paradoja.

El sistema político dominicano ha demostrado una enorme capacidad de supervivencia precisamente porque ha sabido cambiar.

Cuando una organización pierde capacidad de representación, aparece otra.

Cuando un partido se divide, una nueva organización absorbe una parte de sus fuerzas.

Cuando un liderazgo desaparece, otro intenta ocupar su espacio.

Eso explica por qué el modelo ha resistido tantas crisis.

Pero también puede significar que el sistema ha aprendido a reciclarse sin necesariamente renovarse.

Y ahí está la pregunta que 2028 tendrá que responder.

¿Estamos ante una nueva sustitución?

¿PRM por un lado y FP por el otro?

¿PRM, FP y PLD compitiendo en un verdadero sistema tripolar?

¿El regreso del PLD?

¿La consolidación de una nueva generación de liderazgos?

¿O la aparición de una figura capaz de convertir el descontento ciudadano en una ruptura con las estructuras existentes?

El fin del modelo no necesariamente significa el fin de los partidos

Hay que evitar otra confusión.

Que el modelo bipolar desaparezca no significa que los partidos vayan a desaparecer.

Podría ocurrir exactamente lo contrario.

Podríamos entrar en un sistema multipartidista más competitivo, donde tres o cuatro organizaciones tengan capacidad real de disputar el poder y donde las alianzas sean necesarias para gobernar.

Ese sería un cambio profundo respecto de la tradición dominicana.

Pero también existe la posibilidad de que el sistema vuelva a hacer lo que ha hecho durante décadas:

reorganizarse alrededor de dos grandes polos.

Por eso 2028 no debe analizarse solamente como una elección para elegir al próximo presidente.

Debe analizarse como una elección para determinar qué tipo de sistema político tendrá República Dominicana durante la próxima década.

El verdadero protagonista podría no estar todavía en la boleta

Quizá la mayor equivocación sea intentar identificar demasiado pronto al próximo presidente.

La historia demuestra que los nombres pueden cambiar rápidamente.

Lo que debemos observar es otra cosa:

qué electorado está creciendo.

¿El electorado partidario?

¿El electorado independiente?

¿El voto de rechazo?

¿El voto de continuidad?

¿El voto de cambio?

¿La identificación con una nueva generación?

¿La nostalgia por liderazgos anteriores?

Ahí está la clave.

Porque los partidos dominicanos pueden decidir quién aparece en sus boletas.

Pero no pueden decidir a quién pertenece el futuro elector.

Y esa es precisamente la batalla que comienza a definirse.

2028: ¿el próximo ciclo o el fin del modelo?

La respuesta, hoy, todavía no está escrita.

Pero sí existe una señal que los partidos no deberían ignorar.

Durante casi sesenta años, cuando una estructura política perdió capacidad de representación, el electorado encontró otra estructura dentro del propio sistema.

Ahora existe la posibilidad de que esa fórmula comience a agotarse.

Si el elector continúa abandonando las identidades partidarias tradicionales y los partidos no consiguen reconstruir una relación de confianza con la ciudadanía, el próximo cambio podría no consistir simplemente en qué partido sustituye a cuál.

Podría consistir en algo mucho más profundo:

que el elector deje de buscar un nuevo partido dentro del sistema y comience a buscar una alternativa al propio sistema de partidos.

Ese sería el verdadero punto de ruptura.

Y entonces la pregunta de 2028 dejaría de ser quién ganará las elecciones.

La pregunta sería:

¿Quién será capaz de interpretar al ciudadano que ya no quiere votar por lo que conoce, pero todavía no sabe exactamente por qué quiere votar?

Porque si ese ciudadano encuentra un vehículo político, la historia dominicana podría estar entrando en un nuevo ciclo.

Y si no lo encuentra, probablemente volveremos a ver lo que hemos visto durante décadas:

un nuevo partido, un nuevo candidato, una nueva bandera y, debajo de todo eso, la misma vieja lógica de dos grandes polos disputándose el poder.

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