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Julio César Beltré y su Ridícula propuesta: hacer obligatorio el creole en todas las escuelas dominicanas

Julio César Beltré y su Ridícula propuesta: hacer obligatorio el creole en todas las escuelas dominicanas

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Administrador HES 1ADMINISTRADOR HES 1/04 SEPT DE 2026/1 MIN/visibility13 VISTAS
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Hay propuestas que merecen ser discutidas. Y hay propuestas que, antes de convertirse en ley, necesitan que alguien haga la pregunta que parece políticamente incómoda pero resulta elemental: ¿para qué?

Un proyecto de ley depositado en la Cámara de Diputados pretende convertir el creole haitiano, junto al inglés y al francés, en asignatura obligatoria desde primaria hasta secundaria en todos los centros educativos del país. La iniciativa argumenta que los vínculos históricos, comerciales, culturales y migratorios con Haití justifican que todos los estudiantes dominicanos aprendan kreyòl.

Mi respuesta es sencilla:

No.

Y no porque el kreyòl sea una lengua inferior, ni porque Haití carezca de cultura, ni porque aprenderlo sea pecado. Esas serían caricaturas fáciles de combatir.

La razón es mucho más seria:

el Estado dominicano no puede diseñar su política educativa desde la lógica de la coyuntura migratoria, sino desde las necesidades estratégicas de la República Dominicana.

La escuela dominicana no puede convertirse en una respuesta automática a la migración

República Dominicana tiene un problema educativo enorme: estudiantes con deficiencias en comprensión lectora, matemáticas, ciencias, inglés y competencias digitales.

Tenemos que preguntarnos entonces qué debe hacer el Estado con cada hora de clase, cada profesor que debe contratar, cada universidad que debe formar docentes y cada peso que debe salir del presupuesto.

¿La respuesta es que todos los niños dominicanos aprendan kreyòl?

¿En serio?

¿Ese es el gran déficit lingüístico que debemos resolver?

Porque el proyecto no propone simplemente ofrecer kreyòl en la frontera, ni crear programas especializados para funcionarios, médicos, periodistas, comerciantes, diplomáticos o trabajadores que tengan una relación profesional con Haití.

No.

Pretende llevarlo a todo el sistema educativo nacional.

Desde el estudiante de Pedernales hasta el de Santiago, desde el niño de San Juan hasta el de Puerto Plata, desde la escuela pública hasta el colegio privado.

Eso no es una política de frontera.

Es una política educativa nacional.

Y una política nacional necesita una justificación nacional.

Haití es nuestro vecino. No necesariamente debe ser nuestra prioridad lingüística

Compartimos una isla con Haití. Eso es una realidad geográfica.

Tenemos relaciones comerciales. También.

Existe una intensa interacción fronteriza. Evidentemente.

Hay migración haitiana. También es una realidad.

Pero de ahí no se desprende que el kreyòl tenga que convertirse en una lengua obligatoria para todos los dominicanos.

Si ese fuera el criterio, entonces tendríamos que enseñar obligatoriamente todos los idiomas de los países con los que tenemos vínculos comerciales, migratorios o diplomáticos.

La política educativa no funciona así.

La pregunta debe ser:

¿Cuál idioma proporciona al estudiante dominicano mayor utilidad académica, profesional, científica, comercial y geopolítica?

Y ahí la comparación se vuelve bastante incómoda para los defensores de esta propuesta.

El inglés abre puertas en ciencia, tecnología, aviación, turismo, comercio, entretenimiento, investigación y educación superior.

El mandarín conecta al estudiante con una de las mayores economías del planeta y con una potencia comercial fundamental.

El francés tiene una enorme presencia internacional, diplomática, académica y económica.

El portugués abre una relación directa con Brasil y el mundo lusófono.

Incluso otras lenguas podrían tener una justificación estratégica dependiendo de la región y del proyecto económico nacional.

¿Y el kreyòl?

Tiene una utilidad real, sí.

Pero principalmente especializada y vinculada a nuestra relación con Haití.

Eso no es lo mismo que justificar que cada niño dominicano tenga que estudiarlo durante toda su trayectoria escolar.

No confundamos utilidad con prioridad

Este es probablemente el error fundamental del proyecto.

Que algo sea útil no significa que deba ser obligatorio para todos.

Aprender kreyòl puede ser extremadamente útil para un médico que trabaja en una zona fronteriza.

Puede ser útil para un diplomático.

Para un periodista.

Para un empresario que comercia con Haití.

Para un funcionario de migración.

Para un trabajador social.

Para determinados profesionales de la salud.

Para investigadores del Caribe.

Perfecto.

Entonces enseñémoslo donde tenga mayor retorno social y profesional.

Pero convertir esa utilidad específica en una obligación universal es otra cosa.

Sería como decir que, porque República Dominicana tiene relaciones comerciales con China, todos los niños dominicanos deben estudiar mandarín obligatoriamente durante doce años.

No funciona así.

Y hay una ironía histórica que no podemos ignorar

La República Dominicana existe porque hubo dominicanos que consideraron indispensable construir una nación políticamente separada de Haití.

Entre 1822 y 1844, la parte oriental de la isla estuvo bajo dominio haitiano. De esa experiencia surgió un movimiento independentista que culminó con la creación de la República Dominicana.

Juan Pablo Duarte no fundó La Trinitaria para construir una provincia culturalmente integrada al Estado haitiano.

La fundó para construir una nación dominicana independiente.

Eso no significa que debamos odiar a Haití ni despreciar a los haitianos.

Y tampoco significa que el kreyòl sea una lengua despreciable.

Significa algo mucho más elemental:

la educación dominicana debe enseñar la historia que explica por qué existe la República Dominicana y debe hacerlo desde una perspectiva nacional, crítica y rigurosa.

Precisamente por eso resulta absurdo pretender que la respuesta a nuestra relación histórica con Haití sea incorporar automáticamente su idioma al currículo obligatorio nacional.

Podemos estudiar Haití.

Podemos estudiar su historia.

Podemos estudiar su revolución.

Podemos estudiar su literatura.

Podemos estudiar el kreyòl.

Podemos incluso formar especialistas dominicanos en kreyòl.

Pero eso no significa que todos los niños dominicanos tengan que aprenderlo obligatoriamente.

Y aclaremos algo: el kreyòl sí es una lengua

Aquí tampoco debemos caer en ignorancia.

El kreyòl haitiano no es simplemente un “dialecto” sin estructura. Es una lengua plenamente desarrollada, con gramática, literatura y millones de hablantes.

Su formación está vinculada a las sociedades esclavistas de Saint-Domingue y a procesos complejos de contacto entre variedades del francés, lenguas africanas y otros elementos lingüísticos.

La historia de su formación tampoco puede reducirse a la idea simplista de que unos esclavos africanos llegaron a la parte oriental de la isla y allí “inventaron un código”.

Eso no ocurrió así.

Y precisamente porque queremos defender la identidad dominicana, no necesitamos falsificar la historia para hacerlo.

La defensa de nuestra identidad será mucho más fuerte cuando esté basada en hechos.

El verdadero problema es el costo de oportunidad

El propio proyecto reconoce que habrá que diseñar nuevos currículos, establecer estándares, capacitar profesores y destinar recursos presupuestarios para hacerlo.

Ahí está el problema.

Cada peso utilizado para implementar una nueva asignatura es un peso que tiene un costo de oportunidad.

Cada hora de clase tiene un costo de oportunidad.

Cada profesor que debemos formar tiene un costo de oportunidad.

Cada año de currículo tiene un costo de oportunidad.

Por tanto, antes de aprobar una transformación de esta magnitud, alguien debería demostrar con evidencia:

¿Qué retorno tendrá para el estudiante dominicano aprender kreyòl durante toda su educación básica y secundaria?

No basta decir:

“Somos vecinos”.

Eso explica por qué podría ser útil.

No demuestra por qué debe ser obligatorio.

Primero hagamos que los dominicanos dominen el español

Hay algo profundamente contradictorio en discutir si nuestros niños deben aprender una tercera lengua extranjera mientras todavía tenemos problemas importantes con la comprensión lectora y la escritura en español.

El idioma nacional no es un detalle.

Es la herramienta mediante la cual el estudiante aprende matemáticas, ciencias, historia, ciudadanía y prácticamente todas las demás disciplinas.

Antes de presumir de un sistema trilingüe, hagamos que nuestros estudiantes comprendan perfectamente lo que leen, escriban correctamente y puedan argumentar con rigor en español.

Después hablemos de convertirlos en ciudadanos multilingües.

Y cuando lleguemos a las lenguas extranjeras, prioricemos aquellas que multiplican sus oportunidades.

Si hay dinero para un tercer idioma, gastémoslo inteligentemente

Aquí sí coincido con la filosofía general del proyecto: República Dominicana necesita más idiomas.

Pero discrepo radicalmente de la prioridad.

Si el Estado dispone de recursos suficientes para garantizar una segunda y tercera lengua, mi prioridad sería:

Español sólido → inglés masivo → francés/mandarín/portugués según necesidades estratégicas.

El kreyòl podría formar parte de una oferta optativa y especializada, especialmente en zonas fronterizas y determinadas carreras profesionales.

Eso sería sensato.

Convertirlo en obligación nacional es otra historia.

No se trata de odiar a Haití

Y aquí probablemente aparecerá la acusación inevitable.

Que esto es xenofobia.

Que esto es antihaitianismo.

Que quien cuestiona el proyecto desprecia a los haitianos.

No.

Eso es una salida fácil para evitar discutir el argumento.

Puedo defender una política migratoria estricta y reconocer los derechos fundamentales de los extranjeros.

Puedo defender la deportación de quienes permanezcan irregularmente en el país conforme a la ley y, al mismo tiempo, reconocer que no todo haitiano en República Dominicana es un inmigrante ilegal.

Puedo defender la soberanía dominicana y reconocer que el kreyòl es una lengua legítima.

Puedo amar profundamente la historia dominicana sin odiar al pueblo haitiano.

Y puedo decir:

no considero que el kreyòl deba ser una asignatura obligatoria para todos los estudiantes dominicanos.

No hay contradicción alguna.

La República Dominicana debe dejar de reaccionar y empezar a planificar

Este proyecto revela un problema más profundo.

Durante demasiado tiempo hemos diseñado políticas públicas reaccionando a la coyuntura.

Hay haitianos: enseñemos kreyòl.

Hay turismo: enseñemos inglés.

Hay comercio con Francia: enseñemos francés.

Hay comercio con China: enseñemos mandarín.

Así no se construye una política educativa.

Se construye un currículo por acumulación.

La pregunta correcta es:

¿Qué República Dominicana queremos construir en 2050 y qué idiomas necesitará ese ciudadano para competir en el mundo?

Si queremos una economía de servicios, tecnología, turismo, logística, comercio internacional, ciencia e innovación, debemos formar ciudadanos capaces de comunicarse con el mundo.

No solamente con nuestro vecino.

Aprender kreyòl, sí. Hacerlo obligatorio para todos, no.

No hay que prohibirlo.

No hay que despreciarlo.

No hay que ocultarlo.

Hay que ponerlo en su lugar dentro de una política educativa racional.

Que exista como asignatura optativa.

Que pueda estudiarse en universidades.

Que se enseñe en zonas fronterizas.

Que existan programas para profesionales que trabajan directamente con población haitiana.

Que el Estado forme intérpretes.

Que nuestros diplomáticos lo conozcan.

Que nuestros periodistas puedan estudiarlo.

Que investigadores dominicanos tengan acceso a la lengua y a la cultura haitiana.

Todo eso tiene sentido.

Pero convertirlo en una obligación para todos los niños dominicanos es confundir proximidad geográfica con prioridad educativa.

Y República Dominicana no puede permitirse ese lujo.

Nuestros niños necesitan aprender español con excelencia.

Necesitan inglés.

Necesitan ciencia.

Necesitan matemáticas.

Necesitan tecnología.

Necesitan pensamiento crítico.

Necesitan historia dominicana.

Necesitan conocer el mundo.

Y si después de garantizar todo eso tenemos los recursos para incorporar otras lenguas, entonces abramos las puertas.

Pero no sacrifiquemos prioridades nacionales para satisfacer una moda política o una respuesta improvisada a un fenómeno migratorio.

La República Dominicana no tiene que demostrar que respeta a Haití enseñando kreyòl a todos sus niños.

Tiene que demostrar que respeta a sus propios niños dándoles la educación que les permita competir en el mundo.

Ese debería ser el punto de partida.

No necesitamos una escuela dominicana diseñada alrededor de Haití.

Necesitamos una escuela dominicana capaz de formar dominicanos para el mundo.

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