Hackeando el Sistema
La ecuación que puede resolver la sucesión del PRM: ¿Carolina, David, Wellington o un acuerdo que nadie está viendo?

La ecuación que puede resolver la sucesión del PRM: ¿Carolina, David, Wellington o un acuerdo que nadie está viendo?

Lee la cobertura completa en Hackeando el Sistema.

Administrador HES 1ADMINISTRADOR HES 1/24 AGO DE 2026/1 MIN/visibility175 VISTAS
record_voice_over
Escuchar articulo
Lectura por voz del navegador

En HackeandoElSistema.net hemos sostenido una tesis que cada vez resulta más importante para entender la disputa interna del Partido Revolucionario Moderno:

la sucesión presidencial del PRM no se va a resolver necesariamente con quien aparezca primero en las encuestas.

Y mucho menos si esas encuestas están midiendo una realidad distinta a la que finalmente decidirá la candidatura.

Porque hay un dato que no puede ignorarse:

el PRM escogerá su candidato presidencial mediante un proceso interno en el que el padrón, la estructura territorial, las reglas de participación y la capacidad de movilización importan tanto como la opinión pública general.

Ahí comienza el problema.

Porque mientras David Collado parece dominar buena parte de las mediciones que llegan a los medios de comunicación, Carolina Mejía y Wellington Arnaud están construyendo otro tipo de capital político.

Uno que las encuestas de opinión general pueden tener enormes dificultades para medir.

Y ahí es donde la sucesión del PRM comienza a parecerse menos a una carrera de popularidad y más a una guerra de estructura.

Tres proyectos mantienen viva la conversación

Hoy, al menos públicamente, hay tres proyectos que mantienen una conversación política relevante alrededor de la candidatura presidencial del PRM:

David Collado.

Carolina Mejía.

Wellington Arnaud.

Cada uno tiene una fortaleza diferente.

Y precisamente por eso ninguno puede ser analizado utilizando exclusivamente una encuesta.

David tiene la opinión pública.

Las encuestas difundidas públicamente suelen colocar a David Collado en una posición privilegiada dentro de la carrera.

Eso es un activo político enorme.

Pero tiene una limitación:

la elección interna no se gana necesariamente con la misma muestra que responde una encuesta nacional.

Si la candidatura se define mediante un padrón cerrado o una participación delimitada por las reglas internas del partido, la pregunta deja de ser:

¿Quién es más popular entre los dominicanos?

Y pasa a ser:

¿Quién puede movilizar más personas dentro del universo que finalmente tendrá derecho a decidir?

Son dos preguntas completamente diferentes.

Una encuesta nacional puede incluir ciudadanos que no pertenecen al PRM, simpatizantes que no participan en la vida partidaria, personas que no están inscritas en el padrón interno y electores que, aunque expresen una preferencia, no necesariamente acudirían a votar en una primaria.

En cambio, una elección interna depende de un universo mucho más específico:

  • quién aparece habilitado para votar;

  • quién conoce el proceso y sus reglas;

  • quién tiene una relación activa con el partido;

  • quién puede ser contactado y movilizado;

  • quién está dispuesto a votar por una candidatura concreta;

  • y quién cuenta con una estructura capaz de llevarlo físicamente a las urnas.

Por eso, la popularidad nacional puede ser una ventaja inicial, pero no constituye por sí sola una garantía de victoria interna.

David Collado: el poder municipal

El proyecto de David Collado ha construido una de las estructuras territoriales más visibles.

Las cifras difundidas alrededor de su proyecto hablan de 71 alcaldes, 4 senadores y 29 diputados, aunque estas cantidades deben entenderse como respaldos reportados y no como un padrón oficial auditado.

Pero incluso dejando a un lado la exactitud definitiva de cada cifra, el fenómeno político es evidente:

Collado está intentando convertir su ventaja de opinión pública en estructura territorial.

Y eso es exactamente lo que necesita.

Porque tener una ventaja considerable en una encuesta nacional no garantiza ganar una primaria.

La verdadera pregunta para David es otra:

¿puede convertir popularidad externa en votos internos?

Ahí está su desafío.

La estructura municipal puede ser decisiva porque los alcaldes, directores distritales, regidores, vocales y dirigentes locales tienen acceso directo a las comunidades. Conocen quiénes participan, quiénes tienen influencia, quiénes asisten a las reuniones y quiénes pueden ser movilizados el día de la votación.

Sin embargo, también existe una diferencia entre declarar respaldo y producir votos.

Un alcalde puede apoyar públicamente a un candidato, pero eso no significa automáticamente que todos los dirigentes de su demarcación votarán de la misma manera. Un senador puede expresar simpatía por un proyecto, pero su capacidad real de movilización dependerá de la relación que mantenga con las bases, de la disciplina de su equipo y de la intensidad con que trabaje durante los meses previos.

Por eso, la estructura de David tendrá que demostrar tres cosas:

  • que sus respaldos son reales y activos;

  • que están distribuidos territorialmente;

  • que pueden convertirse en votantes efectivos.

La diferencia entre una lista de dirigentes y una maquinaria electoral está precisamente ahí.

Una lista muestra quién declara apoyo.

Una maquinaria demuestra cuántas personas puede llevar a votar.

Carolina Mejía: apellido, historia y estructura

Carolina juega una partida diferente.

Ella no necesita construir desde cero una identidad política.

Tiene apellido.

Tiene experiencia administrativa.

Tiene una trayectoria propia.

Y tiene algo adicional que puede ser mucho más importante en una primaria:

una red política familiar construida durante décadas.

Hipólito Mejía sigue siendo un actor político de enorme relevancia dentro del universo perremeísta y, al mismo tiempo, su hija, Carolina, ocupa hoy la Secretaría General del partido, lo que coloca a la familia Mejía en una posición particularmente singular dentro de la organización.

Pero aquí hay que hacer una distinción.

Tener apellido no equivale automáticamente a tener votos.

Tener estructura tampoco garantiza ganar.

Lo que sí significa es que Carolina parte de una plataforma política que otros aspirantes tendrían que construir desde cero.

Los números que circulan alrededor de su proyecto también reflejan esa apuesta.

Se han reportado respaldos de decenas de diputados, entre 8 y 10 senadores, y una amplia red municipal.

Nuevamente, son cifras que deben verificarse individualmente y cuya verdadera importancia dependerá de quién esté realmente dispuesto a votar cuando llegue la hora.

Pero hay algo que sí puede observarse:

Carolina no está construyendo su proyecto solamente en los medios.

Está construyendo dentro del partido.

Su posición institucional también le permite mantener contacto con distintos niveles de la organización, conocer las dinámicas internas y participar en conversaciones que no siempre son visibles para el público general.

Eso puede convertirse en una ventaja importante si la primaria depende de un padrón partidario organizado.

Pero también puede generar una dificultad: mientras más vinculada esté una candidatura con la estructura formal del partido, más tendrá que demostrar que cuenta con una base política propia y que no depende únicamente de la posición institucional o del peso histórico de su familia.

La pregunta central para Carolina será:

¿puede transformar su apellido, su experiencia y su presencia orgánica en una mayoría efectiva dentro del padrón?

Porque una primaria no se gana solamente con reconocimiento interno. Se gana cuando ese reconocimiento se convierte en votos contados.

Y entonces aparece Wellington Arnaud

Aquí está el elemento más interesante de esta ecuación.

Porque Wellington Arnaud tiene un problema que, paradójicamente, puede convertirse en su mayor fortaleza:

las encuestas no parecen explicarlo.

Mientras Carolina y David mantienen una guerra cada vez más visible en el terreno mediático, Wellington está desarrollando una estrategia mucho menos dependiente de los titulares.

Territorio.

Dirigentes.

Municipios.

Contactos.

Estructura.

Las cifras atribuidas a su proyecto hablan de 114 alcaldes y directores distritales, cuatro senadores y aproximadamente 280 regidores y vocales.

Como ocurre con los demás proyectos, esas cifras deben considerarse declaraciones o conteos reportados por sus equipos hasta tanto exista una verificación independiente.

Pero incluso si el número final fuera menor, la pregunta permanece:

¿Cómo consigue Wellington mantener una estructura política considerable mientras las encuestas no lo colocan en el mismo nivel que Collado?

Esa es probablemente una de las preguntas más importantes de toda la sucesión.

Porque puede significar que existe una desconexión entre:

lo que la gente dice en una encuesta

y

lo que los militantes organizados están dispuestos a hacer dentro del partido.

Wellington parece apostar por una lógica distinta. En lugar de concentrarse exclusivamente en la visibilidad nacional, busca acumular respaldos locales y construir una red de dirigentes que pueda operar de manera coordinada.

Ese tipo de estructura puede ser menos visible, pero también puede ser más eficiente en una elección interna.

Un dirigente local no necesita ser conocido por todo el país para ser importante. Puede tener influencia sobre una comunidad, un municipio, una circunscripción o una red de militantes. Si esa influencia se multiplica por cientos de dirigentes, el resultado puede convertirse en una cantidad significativa de votos.

La dificultad está en saber si esa estructura es homogénea, disciplinada y realmente comprometida con Wellington.

No es lo mismo contar con dirigentes que simpatizan con un proyecto que contar con dirigentes que están dispuestos a trabajar, financiar actividades, contactar votantes y movilizarlos el día de la primaria.

Por eso, Wellington tendrá que demostrar que su estructura no es solamente amplia, sino también operativa.

La estructura interna del PRM: dónde se puede decidir la primaria

Para entender la posible cantidad de votos en una primaria del PRM, primero hay que comprender que el resultado dependerá de la estructura interna y de las reglas específicas del proceso.

No es lo mismo una elección abierta, en la que puedan participar todos los ciudadanos habilitados, que una elección cerrada, limitada a los miembros del partido. Tampoco es igual una primaria organizada con un padrón amplio que una votación basada en un registro interno depurado y actualizado.

La estructura partidaria puede analizarse en varios niveles.

La dirección nacional

En la parte superior se encuentra la dirección nacional del partido, donde se concentran los principales órganos de decisión política y organizativa.

Este nivel puede influir en:

  • la definición del método de selección;

  • la interpretación de los reglamentos;

  • la organización del proceso;

  • la coordinación territorial;

  • la comunicación con los organismos electorales;

  • y la construcción de acuerdos entre los distintos sectores.

Sin embargo, la dirección nacional no necesariamente controla de manera automática el voto de las bases.

Puede tener capacidad de orientación, pero la decisión final dependerá de la relación entre los dirigentes nacionales y las estructuras locales.

Las provincias y circunscripciones

El segundo nivel está compuesto por las estructuras provinciales y de las grandes circunscripciones urbanas.

Aquí se concentra una parte importante de la coordinación política. Los dirigentes provinciales pueden organizar reuniones, distribuir responsabilidades, identificar delegados, coordinar actividades y establecer metas de votación.

En una primaria, este nivel puede ser decisivo porque conecta la dirección nacional con los municipios y los barrios.

Los municipios y distritos municipales

El tercer nivel corresponde a alcaldes, directores distritales, regidores, vocales, presidentes municipales y dirigentes locales.

Esta es probablemente la capa más importante para convertir una candidatura en votos.

Los dirigentes municipales conocen el territorio, tienen redes de contacto y pueden identificar a los militantes que participan activamente.

También pueden determinar qué tan intensa será la movilización el día de la votación.

Los organismos de base

Finalmente están los organismos de base, comités, equipos sectoriales, coordinadores barriales y redes de militantes.

Estos grupos son los que pueden hacer llamadas, visitar hogares, organizar transporte, recordar la fecha de la votación y acompañar a los electores.

En una primaria con baja participación, esta estructura puede tener un peso desproporcionado.

Quien logre activar mejor a sus militantes puede obtener una ventaja mayor que la que tendría en una elección con participación masiva.

¿Cuántos votos podrían estar en juego?

Esta es una de las preguntas más importantes y, al mismo tiempo, una de las más difíciles de responder con precisión.

La cantidad de votos posibles dependerá de varios factores:

  • el tamaño del padrón habilitado;

  • si la primaria es abierta o cerrada;

  • el nivel de depuración del registro;

  • la participación histórica de los militantes;

  • la fecha y las condiciones de la votación;

  • la capacidad de movilización de cada proyecto;

  • la existencia de competencia interna en otros niveles;

  • y el grado de interés que despierte la candidatura presidencial.

Por eso no sería responsable presentar una cifra única como si ya estuviera confirmada.

Lo más útil es trabajar con escenarios.

Escenario de participación baja

Si el padrón habilitado fuera amplio, pero la participación efectiva resultara baja, la primaria podría decidirse con una cantidad de votos relativamente reducida.

En un escenario de participación de entre 10 % y 15 %, el número total de votantes podría ubicarse en una franja limitada respecto al padrón completo.

En ese contexto, la estructura organizada tendría un valor enorme.

Un proyecto capaz de movilizar de manera disciplinada a sus dirigentes y militantes podría obtener una ventaja decisiva aun sin ser el más popular entre todos los miembros del partido.

La participación baja favorece a quienes tienen:

  • listas actualizadas;

  • contacto directo con los votantes;

  • transporte;

  • equipos territoriales;

  • capacidad de seguimiento;

  • y una organización que trabaje hasta el cierre de las urnas.

Escenario de participación media

Con una participación de entre 20 % y 30 %, la primaria tendría un nivel de competencia más amplio.

Aquí la estructura seguiría siendo importante, pero la popularidad general comenzaría a tener mayor peso.

David podría beneficiarse de su reconocimiento público, mientras Carolina y Wellington tendrían que demostrar que sus redes territoriales pueden crecer más allá de los dirigentes que ya han declarado respaldo.

En este escenario, la elección podría depender de quién logre combinar mejor:

movilización interna + reconocimiento público + capacidad financiera.

Escenario de participación alta

Si la participación superara el 30 % o 40 % del padrón habilitado, la ventaja de las estructuras más cerradas podría reducirse.

Una participación alta suele ampliar el universo de votantes menos organizados y puede favorecer a la candidatura con mayor reconocimiento general.

Ese escenario sería potencialmente más favorable para David, siempre que su popularidad se mantenga dentro del partido y que su campaña logre convertir el interés en asistencia efectiva.

Pero incluso una participación alta no elimina la importancia de la estructura. Una elección con muchos votantes también requiere logística, centros de coordinación, información, transporte y capacidad de respuesta.

Una fórmula para estimar los votos reales

La cantidad de votos que puede obtener cada candidato no debe calcularse simplemente sumando alcaldes, senadores, diputados, regidores y vocales.

Ese método puede producir una ilusión de precisión.

Una forma más realista sería utilizar una fórmula como esta:

votos potenciales = padrón habilitado × participación esperada × capacidad de movilización × disciplina del respaldo

Cada componente tiene una dificultad distinta.

Padrón habilitado

Es el número de personas que realmente podrán votar.

No necesariamente coincide con el número total de miembros declarados del partido.

Puede haber registros duplicados, personas que ya no participan, militantes que cambiaron de residencia o afiliados que no están activos.

Participación esperada

Es el porcentaje de personas que efectivamente acudirá a votar.

La participación puede variar según el interés de la primaria, la fecha, la competencia y la capacidad de movilización.

Capacidad de movilización

Es la proporción de los votantes potenciales que cada proyecto puede contactar y llevar a las urnas.

Un dirigente con una lista de 500 personas no necesariamente puede movilizar a las 500.

Disciplina del respaldo

Es el porcentaje de personas que realmente votará por el candidato respaldado por el dirigente.

Un alcalde puede tener influencia, pero no control absoluto sobre todos los votantes de su demarcación.

Por eso, si un proyecto reporta el respaldo de cientos de dirigentes, la pregunta correcta no es cuántos dirigentes tiene, sino:

¿cuántos votantes reales puede movilizar cada dirigente y qué porcentaje de ellos votará de manera disciplinada?

De los dirigentes a los votos: una estimación prudente

Supongamos, únicamente como ejercicio analítico, que un proyecto cuenta con el respaldo de:

  • 100 alcaldes y directores distritales;

  • 4 senadores;

  • 30 diputados;

  • 250 regidores y vocales;

  • y una red de dirigentes municipales y barriales.

Eso no significa automáticamente que tenga cientos de miles de votos.

Cada dirigente tiene una capacidad distinta.

Un alcalde de una ciudad grande puede tener una red política mucho mayor que un vocal de un distrito pequeño. Un senador puede influir en varios municipios, pero también puede enfrentar competencia interna. Un regidor puede tener una estructura limitada, aunque muy disciplinada.

Por eso, el cálculo debe hacerse por capas.

Un dirigente municipal fuerte podría movilizar varios cientos de votantes activos.

Un dirigente medio podría movilizar algunas decenas o poco más de un centenar.

Un dirigente local con influencia limitada podría aportar un grupo reducido, pero importante si se multiplica por cientos de personas.

La suma de esas redes puede producir una cantidad significativa, pero siempre debe descontarse:

  • la abstención;

  • la duplicación de apoyos;

  • los respaldos no exclusivos;

  • la falta de disciplina;

  • los conflictos locales;

  • y la imposibilidad logística de movilizar a todos.

En términos políticos, una estructura reportada de varios cientos de dirigentes podría representar desde decenas de miles de votos efectivos hasta una cifra mucho mayor, dependiendo del tamaño del padrón y de la participación.

Pero no sería correcto convertir automáticamente cada dirigente en una cantidad fija de votos.

La estructura es una capacidad potencial, no un resultado garantizado.

La guerra mediática favorece a dos

David y Carolina están protagonizando, en muchos sentidos, la batalla mediática de la sucesión.

Uno tiene una ventaja evidente en las mediciones públicas.

La otra tiene apellido, historia, estructura y una relación profunda con el aparato partidario.

Mientras tanto, Wellington parece estar jugando otro juego.

Y aquí aparece una de las leyes más antiguas de la política:

quien habla menos puede estar trabajando más.

La política interna de un partido no siempre premia al que domina los titulares.

Premia al que llega al día de la votación con suficientes dirigentes comprometidos para producir votos.

Por eso, Wellington puede estar construyendo una candidatura que hoy parece menor en las encuestas, pero que podría ser mucho más competitiva cuando el universo electoral sea exclusivamente perremeísta.

La diferencia entre los tres proyectos puede resumirse así:

  • David necesita ampliar su estructura;

  • Carolina necesita convertir su posición orgánica en una mayoría electoral;

  • Wellington necesita demostrar que su red territorial puede superar su bajo nivel de reconocimiento público.

El problema que tienen los tres

Pero tampoco debemos caer en la conclusión contraria.

La estructura sola tampoco gana.

Y aquí está la parte de la ecuación que hace verdaderamente interesante esta carrera.

David necesita estructura.

Porque dinero, exposición pública y popularidad pueden ser insuficientes si no se convierten en organización electoral.

Carolina necesita convertir su estructura en mayoría.

Porque apellido, relaciones y aparato tampoco garantizan que la base quiera convertirla en candidata.

Wellington necesita recursos.

Porque una estructura sin capacidad financiera y logística puede tener dificultades para competir contra proyectos con mayor exposición, recursos y capacidad de movilización.

Por eso la elección podría terminar reduciéndose a una fórmula mucho más sencilla:

Popularidad + dinero + estructura.

Ninguno puede darse el lujo de tener cero en uno de esos tres componentes.

Pero habría que agregar otros elementos:

territorio + disciplina + padrón + participación.

Una candidatura puede tener dinero, pero no contar con una red confiable.

Puede tener dirigentes, pero no tener recursos para movilizar.

Puede tener popularidad, pero no conocer el padrón.

Puede tener estructura, pero enfrentar una participación tan alta que su ventaja organizativa se diluya.

El escenario que nadie quiere descartar

Aquí aparece nuestra tesis más provocadora.

¿Y si la solución no termina siendo ni Carolina ni David?

¿Y si tampoco termina siendo una victoria convencional de Wellington?

¿Y si el propio liderazgo del partido concluye que la única forma de preservar el equilibrio interno es buscar una salida que impida que la disputa entre dos grandes bloques termine fracturando la organización?

En ese escenario aparece Wellington.

No necesariamente porque sea hoy el favorito de las encuestas.

Sino porque puede convertirse en el punto de equilibrio.

Una candidatura capaz de impedir que una de las dos grandes estructuras termine subordinando completamente a la otra.

Pero para que esa posibilidad sea real, Wellington tendría que demostrar que no es solamente un candidato de negociación, sino una opción competitiva con capacidad de obtener una cantidad significativa de votos.

Si su estructura puede colocarlo en una posición cercana a los dos favoritos, entonces su papel en una negociación sería mucho más fuerte.

Si, por el contrario, su respaldo se limita a una red de dirigentes sin capacidad de movilización masiva, podría convertirse en un actor importante, pero no necesariamente en el candidato de consenso.

La opción Mejía

Existe también otra posibilidad.

Que el sector Mejía termine desempeñando un papel decisivo en la solución de la ecuación.

No necesariamente porque Carolina abandone.

Ella ha expresado que pretende continuar hasta el final.

Pero en política las circunstancias cambian.

Una negociación no siempre significa abandonar.

A veces significa establecer condiciones.

A veces significa negociar posiciones futuras.

A veces significa construir una fórmula que preserve la unidad.

Y a veces significa reconocer que ganar una candidatura no necesariamente equivale a ganar el partido.

La estructura de Carolina puede ser decisiva incluso si no termina encabezando la boleta presidencial.

Puede influir en la definición del método, en la composición de los equipos, en la distribución de responsabilidades y en la construcción de una eventual fórmula de unidad.

Pero para que esa influencia sea efectiva, el sector Mejía tendrá que demostrar que su respaldo no es solamente histórico o simbólico, sino electoralmente cuantificable.

La pregunta será:

¿cuántos votos puede producir realmente esa estructura si Carolina decide competir hasta el final?

Pero hay una dificultad: nadie parece querer sentarse

Aquí la situación se vuelve todavía más complicada.

Desde el sector de David se habla de la necesidad de construir un candidato de consenso.

Pero desde Carolina y Wellington la respuesta parece ser diferente:

el consenso debe ser que la base del PRM se exprese.

Es una diferencia conceptual enorme.

Para David, el consenso puede significar encontrar una figura capaz de unir.

Para Carolina y Wellington, el consenso puede significar dejar que los militantes decidan.

Y mientras esas dos definiciones permanezcan enfrentadas, será muy difícil construir una negociación.

Porque nadie quiere negociar desde una posición que considere innecesaria.

Además, cada proyecto puede interpretar sus propios números de manera distinta.

David puede mirar las encuestas y concluir que tiene la mayor posibilidad de ganar una elección nacional.

Carolina puede mirar su estructura y concluir que tiene una base suficiente para competir.

Wellington puede observar su red territorial y entender que su crecimiento todavía no ha sido reflejado por las mediciones públicas.

Mientras cada sector crea que puede ganar, el incentivo para negociar disminuye.

Carolina y Wellington tienen una ventaja psicológica

Hay algo que ambos proyectos parecen tener claro:

si creen tener estructura suficiente para competir, no tienen ningún incentivo para retirarse anticipadamente.

Y eso explica por qué ambos han insistido en que llegarán hasta el final.

¿Por qué renunciar si creen que pueden ganar?

David, en cambio, tiene una ventaja diferente:

las encuestas.

Por eso su argumento natural es que el candidato con mayor posibilidad de conectar con el electorado general debería ser el candidato.

El problema es que una primaria cerrada puede convertir esa ventaja en algo menos determinante.

La ventaja psicológica de Carolina y Wellington consiste en que pueden creer que el proceso interno les ofrece una oportunidad que no tendrían en una elección abierta.

La ventaja de David consiste en que puede sostener que su candidatura es la que mejor protege al partido frente a la elección nacional.

Ambas posiciones son políticamente racionales.

Y precisamente por eso el conflicto es difícil de resolver.

Y aquí está la verdadera incógnita

Supongamos que David encabeza las encuestas nacionales.

Supongamos también que Carolina tiene una estructura territorial formidable.

Y supongamos que Wellington posee una estructura menos visible, pero suficientemente grande para sobrevivir a la competencia.

¿Qué sucede?

Que probablemente no bastará con preguntarle a la gente:

“¿Quién te gusta más?”

Habrá que preguntar:

“¿Quién puede llevarte a votar?”

Esa es una pregunta completamente distinta.

También habrá que preguntar:

  • ¿quién tiene el padrón más actualizado?;

  • ¿quién conoce la ubicación de los votantes?;

  • ¿quién puede movilizar en las zonas rurales?;

  • ¿quién tiene equipos en los barrios?;

  • ¿quién puede resolver problemas logísticos?;

  • ¿quién puede mantener la disciplina de sus dirigentes?;

  • y quién puede evitar que sus respaldos se dividan entre varias candidaturas?

La primaria se decidirá en esa diferencia entre simpatía y movilización.

La estructura que no aparece en las encuestas

Las encuestas pueden medir intención.

Pero no siempre pueden medir correctamente la capacidad de movilización de una organización política.

Un alcalde puede tener bajo reconocimiento nacional y, sin embargo, controlar una red política local extraordinariamente eficiente.

Un regidor puede ser desconocido para el ciudadano promedio y ser determinante dentro de una estructura partidaria.

Un dirigente provincial puede no aparecer jamás en una encuesta nacional y controlar cientos o miles de voluntades políticas.

Por eso, cuando llega una primaria, hay una realidad que puede sorprender a los espectadores:

el candidato que parecía invencible en televisión puede descubrir que no lo era dentro del partido.

Y el candidato que parecía pequeño en las encuestas puede descubrir que tenía algo mucho más importante:

una organización capaz de votar.

La estructura interna también puede producir diferencias regionales.

Un candidato puede ser fuerte en el Distrito Nacional y tener dificultades en el Cibao.

Otro puede dominar determinadas provincias, pero no tener presencia suficiente en las grandes ciudades.

Un tercero puede contar con una red equilibrada, aunque menos intensa, en todo el territorio.

Por eso no basta con conocer el número total de respaldos.

También importa saber dónde están.

Una estructura concentrada en pocas demarcaciones puede ser muy poderosa localmente, pero insuficiente para ganar una primaria nacional.

Una estructura distribuida en muchas provincias puede producir una votación más estable, aunque no domine ningún territorio específico.

El dinero tampoco resuelve todo

Aquí hay otra trampa.

Podría pensarse que quien tenga más recursos terminará imponiéndose.

No necesariamente.

El dinero puede comprar publicidad.

Puede comprar exposición.

Puede financiar equipos.

Puede mejorar logística.

Pero no compra automáticamente lealtad política.

La estructura necesita organización.

Y la organización necesita tiempo.

Por eso nuestra tesis es que en una primaria del PRM podría producirse una batalla entre dos tipos de poder:

el poder económico-mediático

contra

el poder territorial-partidario.

Y el resultado dependerá de cuál de los dos consiga combinarse mejor con el otro.

El dinero puede ser decisivo en una participación alta, cuando se necesita comunicación masiva y presencia constante.

La estructura puede ser decisiva en una participación baja, cuando los votantes organizados representan una proporción importante del total.

La combinación ideal sería contar con recursos suficientes para financiar la campaña y una red territorial capaz de convertir esos recursos en movilización.

La solución más peligrosa también podría ser la más lógica

Si nadie logra construir una ventaja irreversible, el partido tendrá que buscar una salida.

Podría ser una primaria competitiva.

Podría ser una negociación.

Podría aparecer una candidatura de consenso.

Podría producirse una alianza.

O podría ocurrir algo mucho más delicado:

una ruptura.

Porque si uno de los sectores considera que el proceso está diseñado para favorecer a otro, la disputa dejará de ser por la candidatura y pasará a ser por el control de la organización.

Y eso sí sería peligroso.

Porque los partidos políticos pueden sobrevivir a una primaria.

Lo que les cuesta mucho más es sobrevivir a una primaria en la que uno de los grandes bloques siente que perdió el derecho a seguir dentro.

La posibilidad de ruptura dependerá también de la diferencia final entre los candidatos.

Una derrota estrecha puede ser más conflictiva que una derrota amplia, porque el sector perdedor puede considerar que tenía posibilidades reales y que cualquier irregularidad o error organizativo fue determinante.

Una victoria amplia, en cambio, puede facilitar la aceptación del resultado, aunque no elimina las tensiones.

Nuestra tesis: todavía nadie ganó

Por eso en HackeandoElSistema.net no creemos que tenga sentido declarar hoy al próximo candidato presidencial del PRM.

David tiene una ventaja mediática y de opinión pública que sería absurdo ignorar.

Carolina tiene una estructura política y una herencia partidaria que tampoco puede ignorarse.

Wellington tiene una organización territorial que las encuestas no parecen explicar completamente.

Y los tres necesitan algo que los otros dos poseen.

David necesita estructura.

Carolina necesita ampliar su conexión con el electorado.

Wellington necesita demostrar que su estructura puede transformarse en votos y resistir una competencia con mayor capacidad financiera.

Eso deja una conclusión:

La sucesión del PRM todavía está abierta.

Y probablemente no se decidirá por quién aparezca primero en una encuesta.

Se decidirá por quién logre combinar mejor:

estructura + dinero + popularidad + territorio + capacidad de negociación.

Pero también por quién pueda responder con mayor precisión a una pregunta concreta:

¿cuántos votos reales puede producir su organización?

No cuántos dirigentes aparecen en una lista.

No cuántos alcaldes expresan simpatía.

No cuántos legisladores participan en una reunión.

Sino cuántos militantes están identificados, contactados, comprometidos y dispuestos a votar.

Y si ninguno consigue dominar esa ecuación, entonces el partido tendrá que encontrar una solución.

Quizás salga de una negociación.

Quizás salga del propio liderazgo.

Quizás aparezca una candidatura que hoy no parece favorita.

Y sí:

Wellington Arnaud podría terminar siendo esa vía de equilibrio.

Pero también podría convertirse en el punto de ruptura si su crecimiento termina alterando demasiado el equilibrio entre los otros dos bloques.

Por eso todavía es temprano.

Y precisamente por eso esta carrera resulta interesante.

Porque mientras Carolina y David libran buena parte de la batalla frente a las cámaras, Wellington parece estar librando la suya lejos de ellas.

Y en una primaria cerrada, existe una pregunta que puede terminar siendo mucho más importante que cualquier encuesta:

¿Quién tiene realmente la estructura para ganar cuando llegue el día de votar?

Porque al final, las encuestas pueden decir quién gusta más.

Los medios pueden decir quién parece favorito.

Los líderes pueden decir quién les gusta.

Pero cuando se cierre la puerta y comience la votación interna, la política tendrá que responder una sola pregunta: quién construyó la maquinaria capaz de convertir una aspiración en votos.

Cargando comentarios...

Comentarios de la red

No hay comentarios registrados en este nodo.